El ‘embrujo’ de lo místico

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Autobiografía de un Yogui
Autobiografía de un Yogui

Rafael Álvarez, El Brujo, gira por España su particular visión de ‘Autobiografía de un Yogui’, de Paramahansa Yogananda

Trovador, filósofo, poeta, actor, irónico, pícaro, camaleónico, sagaz observador de la naturaleza humana, el orden me da igual. Él lo simplifica todo bajo la modestia de dos términos espartanos que le sientan muy bien: los de cómico y comediante.

Yo le añadiría a Rafael Alvarez, El Brujo, la etiqueta de místico también, pues lleva unos años mirando hacia otros reinos menos carnales y más complejos para llevarlos a escena, y lo hace con la misma maestría y naturalidad, como si ese arte de cautivar al público fuera sencillo y estuviera al alcance de cualquiera.

Juglar del siglo XXI

Este juglar del siglo XXI tiene muchas armas y todas ellas le sirven para ganarse al auditorio. Posee una voz camaleónica que se disfraza con facilidad para expresar cualquier cosa. Y una capacidad no impostada de narrar, entretener y hacer reír por partes iguales.

La imprevisibilidad es otro rasgo que caracteriza su paseo por las tablas. De un camino se sale para tomar deliciosos atajos donde introduce escenas aparentemente de su propia vida que provocan en el respetable no sólo la hilaridad, sino que le lleva a preguntarse frecuentemente dónde acaba la representación y dónde empieza la improvisación. Y de paso le dan a la función una viveza extraordinaria.

Pareciera que El Brujo sale desnudo al escenario, sin coraza, sin red y con el corazón en la mano. En una época de ruido, luces y efectos especiales, en su escenario asoma un hombre solo, acompañado a veces de un músico que plañe unas notas de cuerda al aire y él las baila, con las palabras.

Su público se convierte en una sola alma que respira, ríe, late al unísono y, también se queja si es menester. El Brujo lo siente en la piel e interactúa con él, improvisa para hacerlo cómplice y partícipe de la obra. Animal de escena que dirían algunos. A El Brujo hay que respirarlo, no se le puede ver detrás de una pantalla o, al menos, no se debe, si no quiere uno perderse el aroma a escena pura.

Lo lleva haciendo décadas. De hecho, hay parte de la crítica que le pide que, apoyado en su desmesurado talento, se arriesgue a volar por otros derroteros. Algo que no entiendo. Nunca se le pide a un escritor que cambie su estilo para no repetir su particular lenguaje narrativo. Es alguien que se ha ganado el derecho de poner sobre las tablas lo que le venga en gana y hacerlo cómo quiera. Y el respetable siempre le responde.

Místicos a escena

San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz, Santa Teresa. Son algunos de los místicos que ha subido al escenario. Ahora representa una obra particular en el Teatro Fígaro de Madrid que estrenó el año pasado: Autobiografía de un Yogui. Una obra, a priori, poco dada a expresiones teatrales pero que el actor convierte en un paseo amable por la vida de Paramahansa Yogananda, un swami hindú que trajo el Raja- yoga (meditación) a Occidente.

En el servicio, yo misma escuchaba a una mujer, después de la representación, decirle a otra que para ella ésta era la única forma posible de poder digerir el famoso libro de 700 páginas con el mismo título, publicado por primera vez en 1946 y en el que se inspira Rafael Álvarez.

Para un occidental, en el que suele reinar la mente sobre el espíritu, es difícil digerir, con esa naturalidad con la que lo hace Yogananda, una narración continua de experiencias que se salen de lo tangible, de apariciones espontáneas, cuerpos sin sombra o que no conocen la muerte. El Brujo cuenta lo esencial y lo salpica de escenas de la vida cotidiana y de la propia actualidad. Así parece que el misterio entra mejor.

Para el místico indio, como para aquella parte del mundo de la que procede, la divinidad es algo que habita en lo cotidiano. La espiritualidad no se esconde en templos o en mezquitas, sale a la calle, se acomoda en las casas y lo impregna todo. Allí la mente está abierta a la posibilidad, que no es lo mismo que la credulidad, como se suele pensar, y se proclama despectivamente desde muchos altares académicos occidentales.

El actor cordobés avisa al principio de la función a todas las almas de buena voluntad que el espectáculo dura más de dos horas y que tengan algo de paciencia. Algo que sucederá, inevitablemente, si El Brujo está sobre el escenario.

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