El puente de Ajuda: la agonía de la piedra

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Puente de Ajuda
Puente de Ajuda

Estimados Señores:

Ya que nadie se ha tomado la molestia de defender mi causa, espero que no les moleste que tome yo las riendas del escabroso asunto y les diga lo que creo que es justo que se sepa.

Soy un modesto puente que, desde hace cuatro siglos, se yergue sobre el río Guadiana. Es cierto, España y Portugal algún día, sin quererlo, se besaron en mi centro.

Por eso, los habitantes de los ciudades vecinas, portuguesa y española, Elvas y Olivenza (u Olivença, según quien lo nombre), cuando me frecuentan, suelen decir que no saben si voy o vengo. Y yo lo dejo así porque siempre he sido un puente sentimental. Y porque sé que los dos pueblos aún tienen un aroma de mestizaje histórico y emocional que no pueden ocultar.

Para qué vamos a engañarnos. No se puede decir que pertenezca a la categoría de “joyas arquitectónicas”, como las llaman ustedes, de esas que entran las primeras en los planes de conservación y restauración. En mi haber, no tengo demasiados méritos como para que la Historia dictada por el hombre me reconozca en una página de honor.

No puedo relatarles grandes  hazañas ocurridas sobre mi lomo viejo. No me han pisado grandes y nobles pies, ni sobre mí se han posado las miradas asombradas de los artistas. Todo ello, a pesar de las andanzas y correrías que me han tenido a mí como telón de fondo.

Es cierto, nadie me ha dedicado ningún minuto de poesía, aunque he de reconocer que algún que otro aprendiz de pintor de spray y brocha gorda se ha acercado hasta mi orilla para dejar su huella modernista en mi piel de piedra curtida. Y más de un imitador de paisajes inertes me ha retratado sin demasiada fortuna, insistiendo en alisarme las costuras y quitándome cicatrices y arrugas, para representar mi lozanía, como si se sintiera avergonzado de mi presente.

   Ojo de Ángel

 

Antiguo esplendor

Yo también tuve mi esplendor y quiero que lo sepan. Nací portugués. Al menos, las manos que me forjaron lo hicieron por órdenes del rey Don Manuel I. Me recorrían 19 arcos adovelados en granito y reforzados con sólidos estribos y tajamares de planta triangular, rematados en punta de diamante.

Aún recuerdo aquel tiempo en que las dos orillas se peleaban por retenerme en su territorio y venían investigadores a estudiarme con mucho cuidado buscando mi nombre y mi nacimiento con pasión. Cuando ya habían saciado su ansia de identificación y tenían mi pasaporte sellado y guardado, jamás volvieron.

Tengo varias heridas en el pecho pétreo. La última me la hizo el Marqués de Bay en 1709, jefe de los ejércitos en Guerra de sucesión al trono de España. Voló mis arcos centrales para aislar Olivenza (entonces Olivença). Aunque me hayan acicalado y adecentado sólo a medias, ya nunca volvería a ser el mismo.

Hace décadas que pocos se detienen cerca de mi esqueleto. Soy un escozor que es mejor ignorar. Alguien exclamó una vez desde una de las orillas de este Guadiana que me cubre desde tiempos inmemoriales: “¡Es la belleza de la decadencia¡” Algún despistado que vino buscando el silencio de mi piedra y creyó haber descubierto alguna maravilla arquitectónica perdida. En mi soledad, no me quejo.

Otro alguien dijo una vez refiriéndose a mí: “Aquella roca que había dejado de ser puente para volver a ser piedra”. Es justo que así lo escriban y hasta bello si me apuran. Aunque espero que entiendan que, a pesar de mi decrepitud y del eufemismo, siga considerándome puente. Eso a pesar de que la naturaleza me vaya comiendo las costuras. Soy consciente de que los helechos, los besos del río que viaja por mi bostezo, las aves que se posan y deponen en mi techo, no entienden de metáforas y de uniones arquitectónicas.

No sé si soy español o portugués, ni me importa. Pero es por esta causa por la que sigo existiendo sólo a medias. “El puente de la discordia” , me bautizaron en un diario regional extremeño.

Desde aquí arriba, veo las rocas que asoman la cabeza por encima de la corriente del  agua. Son piedras y nadie diría de ellas que son torre o acueducto. Ni siquiera ellas, pobres mías, en su inconsciencia de piedra, lo pretenden. Son lo que son. Pero yo, que nací siendo conjunto, un puente, un todo, por el amor de Dios no me traten como a una roca.

He pasado calamidades. He visto pelearse al hombre con el hombre y ayudado a cientos de fugitivos a cruzar al otro lado, en época de hambruna, cargando con sacos donde escondían sus últimas esperanzas de vivir. He visto uniformes y trajes de domingo. Por mi pared ha cruzado el médico cientos de veces para socorrer a las parturientas o algún enfermo que se debatía entre las dos aceras del ser y del no ser. He cobijado a las parejas de enamorados de sus dos pueblos que veían con gusto la postal poética que les ofrecía desde aquí arriba.

La sequía y el tiempo han dejado al descubierto mis vergüenzas. Hoy todos me contemplan desde lejos

Proyecto de rehabilitación y reconstrucción del puente de Ajuda, en 2008 (Beatriz Cáceres)

 

Ahora que la carretera se ha desviado hacia otro paraje menos agradable el silencio ha vuelto a marcar mi destino. Extremadura me llamó en 2009 Bien de Interés Cultural con la honrosa categoría de monumento. Algo es algo.

No les pido que me restituyan a mi forma originaria. Quizá mi cuerpo no se estire ya por encima del río pero no por eso dejo de ser lo que soy. Sólo pretendo que cuando hablen de mí, no me despojen de mis honores. En mi reposo centenario no tengo más pretensión que se me reconozca como puente, que enlacen mis arcos y me devuelvan la dignidad. Aquí estoy. Y así se lo hago constar.

Atentamente,

El Puente de Ajuna, desde algún lugar entre Extremadura y Portugal

Olivenza, la ciudad de la discordia

  • El Tratado de Alcañices, firmado en 1297, fijaba la frontera entre Castilla y Portugal, cediendo varios territorios a Portugal, entre ellos la villa de Olivenza.
  • En 1510, el Rey Manuel I manda construir el puente de Ajuda para unir sobre el río Guadiana las poblaciones portuguesas de Olivença y Elvas.
  • Tras la época en que Portugal, Castilla y Aragón estaban unidas y tras su separación, Olivenzça es conquistada de nuevo por el duque de San Germán para la monarquía hispánica, en 1657.
  • Es devuelta a Portugal en 1668, con el Tratado de Lisboa.
  • En 1801 pasó a pertenecer a España tras la Guerra de las Naranjas y en virtud del Tratado de Badajoz.
  • En 1815, tras el fiasco de Napoleón Bonaparte en Waterloo, se estableció en el Congreso de Viena que había de devolver las conquistas de Napoleón y la de sus aliados, entre ellos España.
  • Una doble interpretación del Tratado de Badajoz y el de Viena por España y Portugal hace que aún se mantenga la tensión en torno a este lugar ubicado en lena Raya.
  • La CIA la incluyó en su zona de conflicto como Gaza o Cachemira.
  • Han intentado restaurar el puente en varias ocasiones. En todas ellas fracasaron. Probablemente esté pagando las consecuencias de esa falsa de entendimiento entre los países vecinos.

 

 

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