Mumkasi, el hopi guardián del agua

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Indio hopi en la danza del águila
Indio hopi en la danza del águila

Conversación con un indio Hopi en la feria Expotural, celebrada en IFEMA durante los días 1 al 4 de noviembre.

Mumkasi, el indio Hopi, me preguntó si aún era de día. Yo no supe qué contestarle. El cielo estaba tan lejos de aquella gruta. El mundo bullía en alguna otra parte, en playas y estaciones de esquí, sobre el asfalto gris de las ciudades o en sus comercios y cementerios. Pero, allí dentro, ¿dónde estaba el sol?

Su nombre occidental es Ruben Saufkie. Me dijo que Mumkasi significa “el que teme a los osos”, pero también significa “miedo”. Al mirarle por primera vez, me enseñó cómo se puede recibir a alguien con el corazón en los ojos. Allí estaba él, de pie, delante de mí, un gigante que olía a montaña y a desierto. Era como una extraña paradoja encontrarlo en IFEMA, un espacio de cristales y cemento pensado más para la mente de los negocios que para el alma.

Durante una hora me invitó a sentarme con él y entrar en su mundo. Me permitió mirar la vida con sus ojos y sentir con su corazón inabarcable. Los Hopi, son un pueblo amable. De hecho, ‘hopi’ viene de ‘hopitu’, que significa “pueblo pacífico”. Así les llamaban las otras tribus.

Me contó que en su tribu todos forman parte de algún clan. “Yo pertenezco al del agua, como mi madre y mi abuela”. En su tradición la mujer es la única que puede transmitir el clan a sus hijos.

En su universo el agua se reverencia como algo sagrado (intuyo que como aquí hacemos con el euro). “Es el elemento que sirve como llave para la sanación”, me cuenta.

Mumkasi, platero de profesión, procede de Shungopavy, la mayor de las 11 aldeas hopi, a dos horas conduciendo de la ciudad de Flagstaff, en pleno desierto de Arizona. Allí se yergue la reserva en la cima de una montaña seca. Por eso agradecen tanto la aparición de la lluvia. “A veces tenemos nieve que celebramos y utilizamos para cultivar”.

Los Hopi son los guardianes de la madre Tierra. “Así lo acordaron nuestros antepasados”. Toda su cultura, su lengua y sus ceremonias están orientadas a esa finalidad. Puedo ver que en su filosofía de vida hay muchos sujetos: el sol, la luna, la tierra, el agua, los animales…. Y muy pocos objetos.

Mumkasi habla otro idioma. Uno donde palabras como ‘honor’, ‘compasión’, ‘perdón’ ‘armonía’, ‘paz’, ‘naturaleza’, brillan y están llenas de vida.

El suyo es el único pueblo nativo de Estados Unidos que mantiene intacta su cultura y ceremonias desde el pasado remoto. Algo que me confiesa, no resulta nada sencillo. “Nos hemos adaptado mucho a la sociedad y al estilo de vida moderno. Seguimos con nuestras tradiciones, pero debíamos poder vivir con equilibrio en los dos mundos. Es duro hacerlas convivir pero merece tanto la pena”.

“Siempre había querido pedirte perdón”, le dije de repente.  “¿Perdón? ¿por qué?”, me preguntó extrañado, sin dejar de sonreír. “Por haberte tenido miedo cuando era una niña”. Le expliqué que el cine americano había hecho estragos en mi percepción. Se quedó en silencio un rato. Allí desembocaba porque el silencio era su condición normal.

Entonces me contó que era su tercera vez en España. La primera estuvo un tiempo en un lugar cercano a Barcelona, donde le dijeron que había crecido Cristóbal Colón. Para Mumkasi era extraño estar allí. Los Hopi creen que la Primera Guerra Mundial empezó con la llegada de Colón a América, porque después de él llegaron los demás europeos.

Al día siguiente se levantó de madrugada. Era el mes de febrero y todo estaba nevado. Corrió 3 millas (unos cinco kilómetros) para llegar a la casa del almirante Cristóbal Colón. “Me planté en la puerta y allí mismo hice un ritual. Le dije ‘soy un hombre sólo, pero represento a todo un pueblo y a mis antepasados. Es cierto que aquello pasó hace mucho tiempo, pero ninguna herida puede ser sanada sin la compasión y el perdón. Así que te perdono”.  Hizo lo mismo los tres días siguientes, hasta que sintió que ya no albergaba nada más que compasión en su corazón y consideró la que la herida estaba cerrada.

El cuarto día se reunió ante una multitud de más de dos mil personas y les contó lo que le había sucedido. “La gente lloraba y me pedía perdón. Es entonces cuando sentí que se estaban sanando las heridas del pasado”. Es algo que, según Mumkasi, podemos hacer todos con aquello que nos ha causado sufrimiento a nosotros o a nuestros ancestros. “Porque la herida está ahí, abierta, aunque no la veamos sangrar”.

Imagen de El Borde, Flagstaff, en el Gran Cañón del Colorado (Desierto de Arizona)

Después de siglos de genocidio y opresión de su pueblo, le pregunto de dónde saca esa energía compasiva. “He tenido que encontrar la compasión para perdonarme a mí mismo, por todos los errores que cometí en el pasado”.

Mumkasi ha estado alcoholizado un tercio de su vida. Algo que era frecuente en las reservas indias en la década de los 60, 70 y 80. “Comencé a beber a los 14 años y lo dejé los 31. Crecí en una familia de alcohólicos. Cuando era niño era muy doloroso ver a mis padres y a mis hermanos pequeños en esas condiciones. Nos hizo tanto daño”.

Cuando tuvo sus propios hijos decidió dejarlo para siempre porque no quería transmitirles esa enfermedad. “Hoy soy libre y mis hijos siguen también su propio camino. Le digo a cada persona que me encuentro: si yo puedo cambiar, tú también puedes hacerlo”.

Esa es su misión en la vida, agitar las almas y recordarles quiénes son. Le confieso algo que siento últimamente, que en Occidente tenemos religión pero no espiritualidad. “Quizá la olvidasteis. Se puede recuperar. Todo comienza con el agradecimiento”.

“No importa lo difícil que sea, ni lo enfadados que estemos, tenemos que perdonar”. 

Para Mumkasi, hay que equilibrar el corazón y la cabeza. Para él la mente es la que causa problemas. “Esa forma de ser, egoísta, entre otras cosas, está agotando los recursos naturales de la madre tierra”. Me pone el ejemplo de Donald Trump. “No hace más que farfullar, sin vergüenza ninguna. Es una locura. Ha sido elegido, bien. La pregunta es ¿qué vamos a aprender de todo esto?: La compasión para perdonar. Aceptamos al otro y le perdonamos y rezamos para que encuentre el camino a su corazón. No importa lo difícil que sea, ni lo enfadados que estemos, tenemos que perdonarle. No lo hacemos por él sino por nosotros mismos. Así seguimos avanzando”.

En el rato que comparto con él en IFEMA se le acercan con curiosidad muchas personas. Una mujer llora delante suyo y él la consuela con el cuerpo y la palabra. “Le digo a cada persona que conozco que se tiene que sentir agradecida desde el amanecer hasta el anochecer. Dar las gracias al sol, nuestro padre, por iluminarnos y compartir su calor”. A una adolescente de origen chino le da las gracias en mandarín. Le oigo decir “gracias” en español, en inglés y en francés. “En hopi se dice cuacua, pero sólo a los hombres. A las mujeres se les dice askwaly”.

Me despido con el corazón henchido de agradecimiento. Me abraza con la fuerza de un oso y la ternura de un gorrión. Y me dice algo que no entiendo. “En mi lengua no tenemos palabras para decir adiós, así que te he dicho ‘ten cuidado en tu regreso a casa para que pueda verte otra vez’”.

 

Una carrera sagrada 

      En el año 2003 Ruben Saufkie ideó una carrera sagrada, que se celebró 3 años después. Comenzó en Arizona y terminó en la ciudad de México. Tres o cuatro corredores de entre 12 y 75 años corrían a la vez para cubrir una distancia de 3.200 kilómetros. 
      Querían celebrar el agua, recordar al mundo que sin agua morimos. “El 75%  de nuestros cuerpos están compuestos de agua. Los cuerpos son lugares sagrados y es aquí donde comienza el respeto. Cuando contaminamos el agua estamos contaminando nuestros cuerpos, faltándonos el respeto a nosotros mismos y a los que vienen después”.
      Durante la carrera no iban con las manos vacías. Como coordinador y portavoz, Saufkie buscó agua de las fuentes más puras: Viajó muy lejos a Sudáfrica, Australia, Canadá, la Antártida, Groenlandia, el Monte Fuji de Japón, incluso agua del Tíbet bendecida por el Dalai Lama. Estas libaciones se vertieron juntas en una ceremonia de aprecio y bendición. “Era una forma simbólica de que el agua se convirtiera en una, al igual que todos los seres humanos somos uno”. 
      La línea de llegada estaba frente al Museo de Antropología en la Ciudad de México, en la antigua estatua de Tlaloc, dios del agua. Aquí los corredores se unieron a los delegados tribales de todas las Américas y una gran cantidad de simpatizantes que incluían a un japonés, Masaru Emoto cuyo libro, “Mensajes de agua“, es conocido en todo el mundo. 
      Algo parecido ha sucedido en Madrid con motivo de la celebración de la feria Expotural. Se ha intentado dar voz, más simbólicamente que de forma efectiva, todo hay que decirlo, a los representantes de los pueblos nativos de los cinco continentes en una ceremonia que se celebró el 1 de noviembre. En la misma participaron etnias como la Masaai (Kenia), Mapuche (Chile), Sami (Finlandia), Tenganan (Indonesia), Brunca/Boruca (Costa Rica), Xochimilca (México) y muchas otras. Además, estuvieron presentes 15 monjes budistas, llegados desde Nepal, Bután y Tíbet. Todos venían con agua de sus ríos que vertieron en una vasija donada por el Dalai Lama. Ese agua fue vertida en el río Manzanares. Todo un símbolo de que el agua, como todos, es UNA.      

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2 Comentarios

  1. Valentina says:

    Que belleza de escrito y mensaje tan necesario como el agua que bebemos.
    Gracias Beatriz por compartir tu pluma
    sabia que va directa al corazón .

    1. beatrizp says:

      Gracias a ti Valentina por el comentario, me alegro mucho de que te haya gustado.

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