Viaje al silencio

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Escrito con una lúcida desnudez, Sara Maitland (1950, Inglaterra) abre de par en par los rincones más ocultos de su cotidianeidad para llevarnos de la mano en un viaje que lleva realizando los últimos años de su vida. Viaje al silencio es un libro atípico, un trayecto con estaciones, pero sin destino más que el propio transcurrir.

Es una réplica profunda y feroz a la sociedad moderna, una reflexión a medio camino entre la literatura de viajes y el ensayo, en el que la autora intercala experiencias autobiográficas con una aguda observación de la realidad.

La conocida escritora, premio Somerset Maugham en 1978 por su novela Hija de Jerusalén, escribe sobre el silencio no como una vivencia de palabra muda sino como lo que pretende ser una experiencia total, un sumergirse por completo en sus aguas y extraer de ellas todo el meollo. “Es sutil. Cuanto más tiempo se pasa en silencio, mejor se aprecian los imperceptibles matices que encierra, de tal manera que parece escapar como un animal huidizo. Hay que estarse muy quieto para atraerlo”.

Después de permanecer durante años bajo la estela de su manto ha llegado a la convicción de que el silencio no es una ausencia o una carencia, como se suele pensar en la vida contemporánea. Tiene una textura y un sabor que se puede paladear y tocar. “Quería analizar la convicción de que el silencio era positivo, algo más que una abstracción o una ausencia”. Y lo hace sin la red que puede proporcionar un retiro espiritual o alejarse del mundo en compañía de alguien.

Uno puede sentarse con Maitland a sentir ese silencio “inconcebible” de las estrellas una noche de las Oriónidas. Los lugares que frecuenta nunca son urbanos: “Mi idea del silencio respondía a un paisaje, además de a una dimensión interior”. Allí se da de bruces inevitablemente con la meditación que para ella es “escuchar a Dios”. Distinto a rezar que se parece más a “hablar con Dios”.

Maitland es consciente de que no es una “buscadora de silencio profesional”, como pueden serlo los ermitaños, tampoco pretende serlo, sólo sigue a los impulsos de su alma. La escritora británica asegura que los ruidos de la naturaleza son más silenciosos que los humanos. 

Busca el silencio no como una imposición sino como un lugar al que ha ido desembocando gradualmente hasta el momento en el que toma la decisión de salir en su busca. “Tuve la sensación de que el silencio me estaba despellejando, desecando, desnudando”, dice en un momento del libro.

Reflexiona, por ejemplo, desde su propia experiencia sobre la diferencia que puede haber entre el silencio de los ermitaños y el de los artistas. “Empecé a darme cuenta de que, en muchos sentidos, ambos proyectos son, en muchos sentidos incompatibles”.

Maitland ha realizado un profundo proceso de documentación. Como cabía esperar, se percató en seguida de que, hasta mediados del siglo XVIII, las crónicas de silencio interior estaban motivadas por un impulso religioso. “Incluso cuando Daniel Defoe escribió Robinson Crusoe, basándose en la experiencia real de Alexander Selkirk, transformó un hecho profano en una experiencia religiosa”.

En este ensayo único en su especie la autora se da cuenta de que todo lo esencial, la fuerza que impulsa la vida, está llena de silencio. “Es imprescindible: el alma necesita este silencio, este retiro interior, este olvido de todas las cosas creadas”.

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